-Después de todo soy yo la que está encadenada y tú tienes las llaves de mis esposas-.

El invierno siempre me trae problemas. El piso está más frío que de costumbre, mi ropa está más delgada que el año pasado, el poco dinero que gano en la revista no me alcanza y este año no recibí pago. Aunque aún tengo un poco de arroz, si lo raciono me alcanzará para otros cinco días más.

La carta que hoy recibí no ayuda mi situación:

Querida señorita Evy: Por medio de la presente se le informa que su espacio en la revista ha sido removido temporalmente; con esto se busca darle oportunidad de trabajo a escritores más jóvenes. Se le notificará si seguirá con sus escritos o será eliminada permanentemente de las ediciones. Firma: Editorial Bosque Invernal.

Sentí pánico al leerla, si no gano más dinero de esta forma mi padre se enojará y volverá a lastimarme… O me dejará sin comer… me hará dormir afuera… le tengo miedo a los lobos… ¡no quiero!… ¡NO QUIERO!

Mi padre no ha vuelto, lleva toda una semana fuera de casa y me preocupa que algo le pase.

– ¿Segura? No crees que nuestra vida sería mejor sin él-.

– Cállate, no quiero hablar contigo-.

– ¿Por qué? Sabes que lo único que quiero es tu bienestar-.

– Solo quieres aprovecharte de mí y lo sabes-.

– En eso no te equivocas, después de todo soy yo la que está encadenada y tú tienes las llaves de mis esposas-.

-Por algo te tengo así. Te recomiendo que no hables, sabes que te desprecio-.

– Lo sé, pero también sabes que te amo y me duele mucho el verte así-.

– ¿Cómo? -.

– Cubriéndote bajo una personalidad falsa para no terminar igual que tu madre-.

Termino nuestra conversación cuando le doy un puñetazo en la cara. Por eso nunca hablo con ella. Mi puño sangra, pero no me importa, mientras esté callada todo será mejor para mí.

La puerta se abre y siento un escalofrío recorrer mi cuerpo. Sus pasos son consistentes, está sobrio. Entra con calma a mi habitación.

-Quiero que entiendas algo. Si dejas de darme dinero cada vez que te paguen, no volverás a poner un pie en esta casa y yo mismo me aseguraré de que los lobos acaben contigo, ¿entendiste? -.

Sigue sin verme a la cara, solo ve como mi sangre cae al suelo. Dos gotas lo hacen simultáneamente, y esto basta para distraerlo.

-Si padre, te seguiré dando dinero, pero por favor no me dejes sola en el bosque-. El llanto me invade, no lo puedo evitar, odio a los lobos.

-Pareces una estúpida cuando lloras, solo los débiles lloran, como tú madre-. Se retira de mi habitación y otra vez me sumerjo en mi silente tortura.

Escrito por Aída Lunam, estudiante de preparatoria.

Ilustración de autor desconocido. Imagen tomada de Internet.